Me desconcertó, por decir lo menos, la revelación de que integrantes de la unidad Teófilo Forero, de las FARC, tenía un plan para asesinarme en Semana Santa. No porque un Santos, ex director del diario El Tiempo, presidente de la SIP, primo hermano del Vicepresidente de Colombia y -para rematar- hermano del Ministro de Defensa, no sea representativo y jugoso blanco, más a la mano, para una guerrilla golpeada y con ganas de sacarse el clavo.
No es, en sí mismo, sorprendente. Pero sería otro tenaz signo de la degradación del conflicto que las FARC estén contemplando el atentado personal y el asesinato selectivo de civiles "simbólicos" como nuevo ingrediente combinado de sus formas de lucha.
No me extraña tanto, a la luz de muchas de sus acciones. Aunque para figuras de la izquierda, como el director del semanario del Partido Comunista, Carlos Lozano, resulta una "estupidez y un despropósito", que conspira contra los esfuerzos por abrir espacios políticos a la solución negociada. En carta de solidaridad, que valoro y agradezco, Lozano dice que ojalá se tratara de un "falso positivo" y llama a 'Alfonso Cano' y a las FARC a abandonar estos desafueros y a poner más acento político en sus acciones. Habrá que ver qué eco tienen selva adentro voces como la suya, en medio de la polarización que se agudiza. Y de la feroz violencia que sigue golpeando a los colombianos, en especial a los más pobres y desprotegidos.
En lo que me concierne, toca hacer de tripas corazón y seguir en un oficio -el único que he ejercido a lo largo de mi vida- que también me ha servido para curtirme en estas lides.
Más allá de la inevitable zozobra que producen, noticias como estas despiertan recuerdos de un pasado periodístico en el que no han faltado amenazas y atentados. Similar al de muchos colegas y amigos, a los que sin embargo no les alcanzó la vida para estos privilegios retrospectivos.
El de los años 70, por ejemplo, en épocas de rabioso periodismo de izquierda en Alternativa, cuando sentí en carne propia la intolerancia de la ultraderecha: una bomba en la revista y otra en mi casa. O el de los 80, durante la larga pesadilla del narcoterrorismo, cuando supe lo que era la intimidación mafiosa: las continuas amenazas telefónicas, las escalofriantes invitaciones timbradas a mi entierro, las salidas obligadas del país... En medio del asesinato o secuestro de tantos colegas, amigos y familiares menos afortunados.
Luego, en los 90, el siniestro acoso del paramilitarismo, que se convirtió en motivo de desvelo y en principal factor de violencia contra la prensa. Pero la guerrilla, que había aprendido de los métodos mafiosos, no se quedaba muy atrás. En esos años, a un grupo de directores de medios nos tocó ir hasta la Serranía de San Lucas a reclamarles a 'Gabino' y a otros jefes del ELN que cesaran su tenaz hostigamiento a los periodistas. Y la verdad sea dicha, amainó bastante.
Y así, años tras año, entre unos y otros, en medio de los fuegos cruzados de esta profesión, hasta la revelación esta semana de que un comando guerrillero, que se supone depende del Secretariado, pensaba ponerle punto final a esta tal vez ya demasiado larga trayectoria periodística. Y contemplando hacia atrás ese reguero de cadáveres, uno se siente a veces como viviendo "horas extras", según dijera hace años el polémico cura Hoyos, de Barranquilla.
La pregunta es si el caso mío obedece a la excepcional moñona que significaría darle a una persona que simboliza a la vez la oligarquía (Santos), la gran prensa (El Tiempo), los odiados Gobierno y Ejército o si responde a una directriz general de la FARC para acudir ahora al asesinato selectivo de personajes que de alguna manera representen el Establecimiento. Quisiera creer que se trata de un "falso positivo" noticioso, pero los detalles del caso son demasiado concretos y sé de la seriedad de los servicios de Inteligencia de la Policía.
Gajes del oficio, si se quiere, y también del parentesco.
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* Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.
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