No creo que muchos colombianos hayan visitado a Paraguay. Y estoy seguro de que casi ninguno sabe que hasta hace poco todo colombiano que pisara tierra guaraní se convertía en ciudadano honorario de ese país.
Fue el gesto agradecido de su gobierno con la única nación suramericana que se solidarizó con Paraguay durante la terrible Guerra de la Triple Alianza en 1870, cuando se enfrentó solo contra Brasil, Argentina y Uruguay y perdió la mitad de su territorio y el 75 por ciento de su población masculina. Una tragedia inconcebible, que lo dejó convertido en un gigantesco sepulcro, con un desastre demográfico del que aún no se ha recuperado del todo. Para rematar, en 1932 libró con Bolivia la llamada Guerra del Chaco, la más sangrienta de América en el siglo XX, donde murieron más de 40.000 jóvenes paraguayos.
El recuento de estos hechos me impresionó cuando visité por primera vez a Paraguay en 1989, con motivo de la asamblea que organizó la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). En ese momento, el país que había sido el ejemplo por excelencia de corrupta dictadura tropical celebraba la caída, dos meses antes, del general Stroessner. Paraguay salía de la larga noche de la dictadura y se asomaba tímidamente a la democracia.
Después de 20 años, regresé la semana pasada a Asunción, con motivo de otra reunión de la SIP, y encontré un país que no sólo ha recuperado su autoestima, sino que ha consolidado una democracia que el año pasado sorteó su primera prueba de fuego. Fue la elección de un obispo rebelde de izquierda, Fernando Lugo, como Presidente de la República.
¿Quién hubiera imaginado que en la tierra de Stroessner, regida hace 60 años por el mismo Partido Colorado, un cura de humilde extracción rural llegaría a la jefatura del Estado? Nadie. Ni siquiera hace dos años, cuando Fernando Lugo aún no había colgado la sotana ni ingresado a la política. Cuando lo hizo, en el 2007, se transformó en el depositario del anhelo nacional de poner fin a la hegemonía colorada, de redistribuir la tierra y de afirmar mayor soberanía frente a la omnipresencia brasileña.
Un hombre sencillo y afable de barba gris, Lugo, a sus 57 años, no parece a primera vista el gobernante con el requerido don de mando en este país de caudillos militares. Pero una vida al servicio de los más necesitados y 29 años de sacerdocio con los pobres en medio de las corruptelas y abusos de poder de los de arriba lo convirtieron en el líder del movimiento 'Tekojoja' ('Vida en igualdad', en guaraní) y de la coalición de oposición que ganó las elecciones.
Tuve la oportunidad de conversar con Lugo en una cena en la casa presidencial y luego en la asamblea de la SIP, que él instaló con un vibrante discurso, en el que aseguró que prefería una prensa crítica a una dócil y sumisa. Cuestionado ese día por periodistas venezolanos por su supuesta complacencia con Hugo Chávez (quien estuvo en su posesión y ha tratado de atraer a Lugo), este enfatizó que bajo su gobierno no habrá jamás hostigamiento a los medios de oposición.
Me impresionaron la modestia y el aire bondadoso, casi inocente, de este "obispo rojo", formado en la "teología de la liberación" e impulsado al poder por el hartazgo del pueblo con la corrupción política y las falsas promesas. Contó que en su campaña se recorrió todo el país en un viejo jeep Willys y que dormía en casa de la gente. "Prefería tomar nota de lo que me decían a echar discursos y por lo visto los convencí de que éste por lo menos no robará ", me dijo, entre serio y socarrón.
Miles de paraguayos siguen a Lugo como "un hombre de Dios", enviado para liberarlos. Encarna, indudablemente, algo histórico: el primer proceso de cambio del Paraguay en 60 años. Y no la tiene fácil. Su base de apoyo es frágil y el Congreso aún representa la vieja política. "Está rodeado de tiburones", dicen muchos. Por eso, algunos temen que cederá a tentaciones populistas a lo Chávez o Correa, o que acudirá a referendos o constituyentes para consolidarse. Él niega que tenga esos modelos y le irrita que quieran encasillar a un gobierno que lleva siete meses. Advierte, eso sí, que el cambio será lento y que cree más en la praxis que en la ideología.
Lugo es una gran incógnita. Sus críticos creen que es muy ingenuo y "no tiene ni idea de gobernar". Prefiero pensar que lo que hay detrás de este gobernante atípico es una fuerza tranquila, que sabe muy bien para dónde va. De lo que no hay duda es que Paraguay necesita un mandatario honesto y progresista que repare tanta injusticia histórica. Bien podría ser este singular obispo presidente.
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* Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.
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